El tercer atentado contra Trump deja en shock a unos Estados Unidos rotos: «¿Por qué no hubo ningún control de identificación?»
El presidente de EEUU sale ileso de un ataque en su contra durante la icónica cena de los Corresponsales de la Casa Blanca
El Mundo
A las 20.35 del sábado, cuando el primer plato de la noche, una ensalada de guisantes y burrata, acababa de ser servido, cinco o seis sonidos secos interrumpieron la velada más esperada y polémica de Washington, la cena de los Corresponsales de la Casa Blanca en el Hotel Hilton. Durante unos instantes, el tiempo se paró, entre una confusión total y un pánico incipiente ante lo que podía haber sido una bandeja caída, pero resultaron ser disparos. Una parte de la sala reaccionó con nerviosismo, buscando una salida o directamente tirándose al suelo, bajo las mesas, para sorpresa de los extranjeros, quietos y ajenos a los protocolos que muchos estadounidenses aprenden desde la guardería ante la posibilidad de que haya un tirador suelto.
En cuestión de segundos, muchos más de los que probablemente exigen los protocolos del Servicio Secreto, decenas de agentes rodearon al presidente Donald Trump, a la primera dama, al vicepresidente JD Vance y a la plana mayor del Gobierno, y los escoltaron fuera de la sala con sus armas desenfundadas. «¡Al suelo, al suelo!», chillaban las fuerzas de seguridad, igual o más desconcertadas que los asistentes, mientras cientos de invitados, entre ellos congresistas, senadores, militares, diplomáticos y altos cargos de la administración, trataban de comprender dónde estaba la amenaza y cómo alejarse de ella.
Para entonces, el Servicio Secreto ya había logrado reducir a Cole Tomas Allen, un hombre de 31 años, huésped del mismo hotel, que había logrado penetrar en el perímetro de seguridad con una escopeta, una pistola y varios cuchillos, pero que no había conseguido llegar al salón de baile. El problema es que nadie lo sabía ni lo supo durante unos interminables minutos. Las primeras reacciones, de hecho, apuntaban a que un posible tirador había muerto o que podría haber más. No fue así.
Allen, tras llegar a la capital en tren desde California, más de 4.000 kilómetros para poder transportar sus armas, intentó entrar al lobby, situado un piso por encima de la sala de la fiesta, en una carrera descontrolada disparando, antes de ser placado, reducido y esposado. Hubo intercambio de disparos y, salvo el impacto sin consecuencias en el chaleco de un agente, nadie resultó herido. El sistema funcionó, pero porque sólo era una persona. De haber sido un comando, o haber llevado otro tipo de armamento, el resultado podría haber sido muy diferente.

El propio presidente, después de intentar en vano que le dejaran volver al salón para continuar con la velada, improvisó una hora después una rueda de prensa en la Casa Blanca para explicar lo ocurrido y mostrar que tanto él como sus colaboradores y familia estaban bien. «He estudiado asesinatos, y debo decirles que las personas más influyentes, las que más influyen, son las que más los sufren. Fíjense en Abraham Lincoln. Si repasan a las personas que han pasado por esto, las que más influyen, las que tienen mayor impacto, son a las que persiguen. No persiguen a las que no hacen mucho. Lamento decir que me siento honrado por eso, pero he hecho mucho. Hemos hecho mucho», explicó el presidente cuando le preguntaron por qué creería que «esto le sigue pasando», en referencia a los intentos de atentado contra él.

Es la primera vez que el presidente acudía a la cena de Corresponsales de la Casa Blanca, un evento institucional que existe desde 1921, pero que él había evitado precisamente por su pésima relación con los medios. Trump los necesita, pero los odia. De hecho, el debate interno en el mundo del periodismo ha sido muy fuerte estos días, porque muchos consideran que no tiene sentido que alguien que insulta, desprecia, amenaza e incluso fuerza el despido de reporteros, analistas y presentadoras sea el invitado estrella, y que los corresponsales rían sus chistes. Algunos medios muy importantes, de hecho, no participaron. En el «manifiesto» de unas 1.000 palabras del tirador parece haber precisamente una referencia a cómo podría haber víctimas entre la prensa si lograba sus objetivos, pero considera que merece la pena el riesgo, pues los acusa de ser «cómplices» por asistir a un evento con «un pedófilo, violador y traidor».

Washington vuelve a estar en shock. El país está roto, la polarización está disparada y la retórica, en año electoral, no deja de escalar. Es la tercera vez, desde julio de 2024, en la que Trump es objeto de un atentado o está cerca de serlo, después del disparo que recibió en un mitin durante la campaña electoral y de que su escolta descubriera a un hombre con un rifle agazapado en un campo de golf, esperando a que se acercara. Trump es una de las personas más amenazadas del planeta, si no la que más, en un momento de enorme tensión y violencia política en EEUU. Por eso se han multiplicado las críticas y las preguntas. Sobre los posibles fallos de seguridad, pero también sobre los motivos exactos para explicar las motivaciones de Allen, un profesor de California que dejó en su habitación y envió a su familia un «manifiesto» con expresiones como «so soy un niño de escuela víctima de una explosión, ni un niño que muere de hambre, ni una adolescente abusada por los muchos criminales de esta administración. Poner la otra mejilla cuando otra persona es oprimida no es un comportamiento cristiano; es complicidad en los crímenes del opresor», según The New York Post.

El fiscal general interino Todd Blanche, que sustituye temporalmente a la cesada Pam Bondi, explicó el domingo en una ronda de entrevistas en televisión que todo apunta a que el detenido «tenía probablemente como objetivo a personas que trabajan en la administración, incluyendo al presidente». Blanche dijo que Allen no está «cooperando», pero que los investigadores habían logrado obtener algo de información de los dispositivos electrónicos del sospechoso, del registro de su casa en California y la habitación de hotel, y de «entrevistas con varias personas que lo conocen», lo que ha empezado a arrojar algo de luz.
El fiscal general interino también confirmó un detalle importante para explicar cómo logró llegar con sus armas tan cerca del presidente: Allen era un huésped del Hilton, lo que le permitió llegar «un día o dos antes» a las instalaciones. Por sorprendente que parezca, el perímetro de seguridad alrededor del lugar donde se celebraba la cena era muy estricto en teoría, pero en realidad sólo obligaba a pasar detectores de metales para entrar en el salón de baile donde había cerca de 2.000 invitados. Para llegar a la alfombra roja, a apenas un metro de distancia de los ministros más importantes, o entrar en las fiestas privadas en diferentes plantas del mismo edificio, bastaba con mostrar una sencilla entrada en papel, o una captura de pantalla de la misma. De hecho, varias manifestantes contra la guerra habían logrado presentarse una hora antes, con pancartas, allí mismo, vestidas de gala pero sin una invitación.
Una voluntaria de la cena de Corresponsales de la Casa Blanca aseguró al Post que el presunto atacante pareció armar su escopeta en una zona poco vigilada cerca de la entrada, en el nivel de la terraza, antes de abrir fuego y correr hacia el salón de baile. El Gobierno ha sacado pecho afirmando que el perímetro de seguridad y los controles funcionarios, ya que Allen apenas pudo penetrar unos metros. Pero el mismo sospechoso, en el manifiesto citado por la prensa local, se burla de su incompetencia.

En julio de 2024, Kimberly Cheatle, la directora del Servicio Secreto, presentó su dimisión por los enormes errores de seguridad que permitieron que un tirador estuviera a punto de matar a Trump en Butler, un pueblo de Pensilvania, durante un mitin de las elecciones. Cheatle, que en los días posteriores al atentado asumió «la responsabilidad última», reconoció en una audiencia ante el Congreso que se trataba «del mayor fracaso en décadas». Esta vez, los agentes lograron detener la amenaza antes de que fuera demasiado tarde, pero los cientos de periodistas presentes se preguntaron enseguida si las medidas habían sido suficientes o adecuadas.
«Esperaba cámaras de seguridad en cada esquina, habitaciones de hotel con micrófonos ocultos, agentes armados cada tres metros, detectores de metales por todos lados. Lo que me encontré (¡quién sabe, tal vez me están gastando una broma!) es nada. Ni una maldita seguridad. Ni en el transporte. Ni en el hotel. Ni en el evento (…) Es una locura, cualquier agente iraní podría haber traído una ametralladora pesada y nadie se habría dado cuenta», escribió en esas páginas. «Entro con múltiples armas y ni una sola persona allí considera la posibilidad de que yo pueda ser una amenaza. La seguridad en el evento está toda afuera, enfocada en los manifestantes y en los que van llegando, porque aparentemente nadie pensó en lo que pasa si alguien hace el registro (check-in) el día anterior», concluye su reflexión Allen.
El vídeo del momento en el que Trump es evacuado es quizás uno de los momentos más llamativos de la noche. El presidente está sentado en la mesa principal, sobre un escenario, acompañado de su mujer y de un mentalista que estaba haciendo un truco para ambos distendidamente. En ese momento, se ve que algo ha ocurrido en la sala, con sonidos parecidos a detonaciones de fondo, y una parte importante de la sala reacciona. Sin embargo, ningún escolta acude inmediatamente a rodear al presidente. Tardan varios segundos e incluso cuando el primero y el segundo agente se presentan, lo que hacen es tapar ángulos poniéndose frente a él, no tirándolo al suelo (como pasó en Pensilvania) o tapándolo con sus cuerpos. Para eso hacen falta unos segundos más todavía e incluso el presidente, que sale más tarde de la sala que el vicepresdiente, se tropieza.
«Muchas preguntas de seguridad sobre esta noche, entre ellas: ¿por qué no hubo ningún control de identificación en absoluto más allá de un pantallazo de una entrada o por qué no hubo ningún detector de metales hasta que llegamos al sótano del Hilton?», escribió en la red X Meridith McGraw, del Wall Street Journal. Y todo precisamente en el mismo hotel en el que en 1981 dispararon e hirieron de gravedad a Ronald Reagan. Los protocolos de seguridad exigen que en situaciones como la fiesta de anoche, las agencias federales comprueben los nombres de los alojados en el hotel, pero Allen no tenía antecedentes ni estaba en el radar de nadie, por lo que no activó ninguna alarma. El subdirector del Servicio Secreto, Matthew Quinn, ha asegurado que el atacante intentaba perpetrar una «tragedia nacional» mientras todas las miradas estaban puestas en la cena de corresponsales de la Casa Blanca.
Precisamente por todo esto, Trump cree que está más justificada que nunca la idea de construir un gran salón de bailes dentro de la Casa Blanca, uno de sus proyectos más deseados, con un coste de 400 millones de dólares y que está ahora enfangado en los tribunales. El hotel, ha afirmado en varias entrevistas después del incidente, no ofrecía las garantías de seguridad necesarias. Mientras que su ansiado proyecto incluirá un gran búnker.





